En la vasta geografía de México, donde los dioses prehispánicos aún se fuman un cigarro sobre las cumbres y los fantasmas coloniales arrastran sotanas entre ruinas, hay un lugar donde el suelo decidió levantarse a decir algo. Lo dijo con lava, con humo, con una violencia tan bella como aterradora. Y lo dijo aquí: en San Juan Parangaricutiro, Michoacán.

Esta no es una excursión. Es una conversación con la tierra.

I. San Juan Parangaricutiro: la antesala de la paradoja

Llegar al antiguo San Juan Parangaricutiro es como abrir una carta que ya sabes cómo termina, pero igual te deja un nudo en la garganta. El pueblo está ahí… y no está. Las piedras siguen en su sitio, obedientes, pero las casas y las calles y las risas de domingo están bajo toneladas de lava petrificada. Solo la iglesia resiste: una torre como dedo acusador al cielo y un altar sepultado hasta las rodillas, como pidiendo misericordia que nunca llegó.

Paradójico: el templo, construido para la eternidad, fue la única estructura que no desapareció del todo cuando la tierra decidió ensayar su papel de volcán. Los fieles huyeron; la piedra se quedó. Ironías geológicas.

II. El sendero hacia el cráter: de la ceniza al asombro

Desde las ruinas comienza el ascenso hacia el Paricutín, ese niño mimado del vulcanismo mundial. Porque no todos los días nace un volcán ante los ojos de un campesino —Dionisio Pulido, el hombre que probablemente no volvió a confiar en las grietas del suelo—.

La caminata es áspera y solemne. El suelo cruje con cada paso como si uno pisara los huesos del pasado. Hay tramos donde la lava parece haber sido escupida ayer. Todo está congelado en un gesto de furia detenida: surcos, burbujas endurecidas, roca como piel quemada de un dios dormido.

El contraste es brutal. A un lado, laderas cubiertas de pinos, verdes, vivas, casi impertinentes. Al otro, un desierto negro que no conoce el perdón. Vida y muerte caminando de la mano, como una pareja antigua que ya no necesita hablarse para entenderse.

III. La cima: donde el mundo se traga su propio aliento

Al llegar al cráter, el silencio es total. No por falta de sonido, sino por exceso de significado. Es un silencio que pesa, como el de una sala de parto donde no se sabe si el llanto será de alegría o de tragedia.

Asomarse al cráter del Paricutín es mirar dentro del ombligo de la tierra. Un ombligo que escupió fuego durante nueve años y luego decidió callar. Uno espera que vuelva a hablar. Y, al mismo tiempo, ruega que no lo haga.

El aire huele distinto allá arriba. A azufre viejo, a miedo olvidado, a historia sin cerrar.

IV. El regreso: caminata por la memoria

Bajar es más fácil físicamente, pero más difícil emocionalmente. Se regresa no solo con ceniza en los zapatos, sino con una pregunta en el pecho: ¿cuántos pueblos duermen hoy sobre futuros Paricutines? ¿Cuántas veces más se repetirá esta coreografía de destrucción y supervivencia?

La lava no pregunta. La lava avanza.

Y sin embargo, los pueblos como San Juan no desaparecen del todo. Sobre la nueva Parangaricutiro, a unos kilómetros de distancia, hay vida, hay tortillas, hay niños jugando fútbol entre cenizas como si nada hubiera pasado. Como si todo hubiera pasado.

Epílogo: caminar sobre cenizas, mirar hacia adentro

Visitar el Paricutín no es solo turismo. Es un acto de humildad. Uno camina sobre un paisaje que no fue moldeado por manos humanas, sino por pulsos tectónicos y caprichos del subsuelo. Es un recordatorio de que el tiempo, cuando quiere, se quita el disfraz de rutina y se convierte en evento.

Y en este caso, un evento que empezó con una grieta en una milpa y terminó con la resurrección del fuego en el corazón de Michoacán.

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