Volcán Paricutín: Senderismo entre cenizas y asombro
Crónica de una travesía desde Patzingo con veinte caminantes guanajuatenses familiares y amigos.
Hay montañas que se forman en millones de años, y luego está el Paricutín: el volcán adolescente que brotó en 1943 del suelo de un campesino mientras sembraba maíz. En un país habituado a los milagros y las tragedias, este fenómeno natural fue ambas cosas. Desde entonces, se ha convertido en un imán para los buscadores de historias, como los veinte turistas de Guanajuato —mezcla de jóvenes entusiastas y adultos resistentes— que, un día templado de verano, decidieron emprender el ascenso a este gigante de lava dormida.
La llegada: Patzingo y el rumor del volcán
Llegaron a Patzingo con mochilas llenas y expectativas aún más pesadas. La mayoría nunca había visto un volcán de cerca; algunos ni siquiera sabían que podía brotar del suelo como una espinilla geológica sin pedir permiso. Al llegar al Centro Ecoturismo, un conjunto de cabañas rústicas y cálidas, los recibió el aroma a ocote y el zumbido constante de los grillos, como si la naturaleza hubiera preparado una sinfonía suave para tranquilizar sus nervios.
Las cabañas estaban rodeadas de pinos altos y caminos de piedra negra, vestigios del caprichoso flujo de lava. No era un resort, ni falta que hacía: aquí no venían por comodidad, sino por la experiencia. Lo sabían, aunque aún no lo entendían del todo.
Una breve charla de los guías —jóvenes purépechas de mirada tranquila y piernas curtidas por el monte— marcó el tono del viaje: respeto por la montaña, silencio en ciertos tramos, y muchas pausas para respirar y observar. “No hay prisa —dijo uno de ellos—, el volcán no se va a ir”. Una frase que parecía obvia, pero en realidad escondía una verdad más honda: el Paricutín, aunque dormido, impone su propio ritmo.
El primer paso: caminar hacia lo desconocido
Iniciaron el recorrido al amanecer, cuando el cielo aún era una sábana de nubes color plomo. El sendero desde Patzingo comienza entre milpas y se va tornando más agreste conforme se adentra en el terreno volcánico. Los primeros kilómetros son suaves, casi engañosos: veredas de tierra, algunos tramos sombreados, y la conversación fluida entre los viajeros, que compartían anécdotas, risas y botellas de agua como si fueran parte de una misma familia itinerante.
Pero pronto, el paisaje comenzó a cambiar. La vegetación se volvía más escasa, los árboles parecían quemados por una rabia antigua y los caminos se transformaban en coladas de lava petrificadas, donde cada paso exigía atención. Las risas fueron cediendo su espacio al jadeo, y las conversaciones al crujir de las piedras bajo las suelas.
Lo que parecía un paseo se reveló como un reto físico y mental. Algunos jóvenes se adelantaban, motivados por el ego del que quiere conquistar la cima primero. Los adultos, en cambio, caminaban con otro tipo de sabiduría: la de dosificar el esfuerzo, de admirar el paisaje mientras se avanza, aunque más lento.
Ahí comenzó la antítesis más fascinante del recorrido: juventud contra experiencia, velocidad contra resistencia, impulso contra paciencia. Y sin embargo, todos avanzaban juntos, porque en el monte no hay competencia que valga: solo uno mismo y el terreno.
San Juan Parangaricutiro: la iglesia entre la lava
A medio camino, como surgida de un sueño surrealista, apareció la iglesia sepultada de San Juan Parangaricutiro. Solo la torre y parte de la fachada resisten la embestida de la lava, que la rodea como un mar detenido en su furia. Es un espectáculo profundamente conmovedor: ruinas que no lloran, pero gritan en silencio.
Los turistas se sentaron sobre las rocas negras, algunos para descansar, otros simplemente para contemplar el absurdo poético de un templo que fue tragado por la tierra, pero cuya cruz sigue en pie. Los guías contaron la historia del pueblo que huyó, de las campanas que aún repican en las leyendas, y de cómo los habitantes, en lugar de maldecir al volcán, lo aceptaron como una voluntad de la tierra.
“Es como si la naturaleza tuviera humor negro”, dijo uno de los jóvenes, observando la torre emergiendo del mar de lava como un náufrago de piedra. Ironía pura: un símbolo de fe enterrado por un acto divino.
La subida final: cráter y revelación
La última parte del trayecto es la más dura: la subida al cráter. No hay sendero definido, solo grava suelta, piedras filosas y un sol que parece querer comprobar la fe de los caminantes. Aquí, los bastones improvisados, las gorras húmedas y la voluntad compartida se convierten en herramientas esenciales.
Un joven de 22 años, al borde del agotamiento, exclamó: “¿Quién tuvo la brillante idea de venir aquí a caminar como cabras?”. Rieron todos, pero con ese tipo de risa que es más catarsis que burla. Porque sí, el cuerpo dolía, pero el alma empezaba a entender.
Al llegar al borde del cráter, el paisaje cortó la respiración como una bofetada bella: un cráter inmenso, gris, como una herida abierta en la piel de la tierra. Desde allí se divisaba el valle entero, las coladas petrificadas, las montañas cercanas… y una sensación de insignificancia absoluta.
Los turistas no hablaron mucho en ese momento. Algunos tomaron fotos, otros simplemente se sentaron en silencio. Y hubo un instante —quizás de medio minuto— en que todos, jóvenes y adultos, respiraron al mismo ritmo. Como si, por fin, hubieran dejado de escalar el volcán para comenzar a habitarlo.
La bajada: sudor, silencio y sonrisas
El descenso fue más rápido pero no menos exigente. Las piernas temblaban, las rodillas protestaban y el polvo se colaba hasta en las pestañas. Sin embargo, algo había cambiado: ya no había que demostrar nada, ni competir, ni soportar. Solo volver, con la certeza de haber vivido algo irrepetible.
Una señora de 56 años, que había dudado de hacer el recorrido completo, bajaba con una sonrisa que le iluminaba el rostro. “Mañana no me puedo mover, pero hoy soy otra”, dijo, mientras los jóvenes la aplaudían como si acabara de ganar una maratón.
La comida con tortillas hechas a mano por las mujeres Michoacanas en San Juan viejo por un lado las ruinas de la iglesia del volcán Paricutín
Regresaron al Centro Ecoturismo al atardecer, con los cuerpos molidos pero las almas eufóricas. Las cabañas olían a descanso, a leña tibia y a promesa cumplida. Esa noche cenaron juntos: tortillas, frijoles, queso, y una conversación lenta, sabrosa, salpicada de anécdotas ya elevadas a categoría de leyenda.
Reflexión: lo que deja el volcán
Viajar al Paricutín desde Patzingo no es solo una caminata exigente. Es una confrontación íntima con lo sublime: lo que nos supera, lo que no controlamos, lo que nos obliga a mirar hacia dentro mientras subimos hacia afuera. Es una experiencia que disuelve la edad, las diferencias y las certezas.
La tierra, tan quieta la mayoría del tiempo, se manifestó aquí una vez con furia, y aún hoy, décadas después, nos habla. No con palabras, sino con piedras, grietas, vapores y cicatrices. Y si uno se detiene a escuchar, descubre que el verdadero eco del Paricutín no está en sus laderas, sino en el cambio sutil —pero irreversible— que provoca en quienes se atreven a recorrerlo a pie.
No todos los viajes se miden en kilómetros. Algunos se miden en preguntas que nacen en lo alto de un cráter.
Recorrido: 15 Km
Duración: 5hrs 30 min
Turistas:21
Multimedia del Recorrido.
















